19 de marzo de 2009

IR/VER



Ir a los toros, como una acción muy caracterizada, no es ver esta corrida, sino casi precisamente lo contrario. En lo segundo, por débiles que sean los fundamentos de la decisión -no pocas veces simplemente un nombre-, se trata siempre de una acción intencionalmente positiva, dirigida a un objeto específico dado, al que se liga, en un mismo movimiento, la propia determinación de ir a los toros, mientras que en lo primero tal determinación queda como un momento previo y separado, que proyecta ante sí un lugar vacío, para el que, en un segundo acto, se elige -y con frecuencia ni esto tan siquiera- una corrida determinada; la cual, por eso mismo, queda desposeída de su especificidad, al subsumirse en el simple papel de implemento ocasional para un vacío preestablecido en una decisión enteramente independiente de ella (...) así también el que se elija con mayor o menor grado de exigencia -expediente, a menudo, para disimularse a sí mismos el carácter inerte y gratuito de la acción- o se deje del todo de elegir es algo que no tiene relevancia alguna una vez que la acción de ir a los toros se ha configurado y definido enteramente al margen de su posible contenido concreto y singular, como una acción genérica a la vez intransitiva, respecto de la cual cualquier corrida, por hermosa que sea, se transmuta de objeto en instrumento y se convierte en un ente fungible e indefinido; pasa a ser, justamente, "una corrida cualquiera". Por lo demás, semejante actitud intransitiva, como inversión formal de los contextos, se halla tan difundida en las acciones de los hombres, que es con frecuencia la que adoptan hasta para casarse. ¿Qué otra cosa sucede cuando se "busca esposa"? El proyecto y la determinación del matrimonio anteceden entonces a la propia aparición de la persona -y el papel de esposa se lanza por delante como un lugar vacío, o vacante a cubrir-, la cual, por esta misma circunstancia originaria, difícilmente llegará, en los largos años de vida conyugal, a aparecer del todo como persona en sí a los ojos del esposo -en tanto que otras, presuntamente más afortunadas, que no fueron buscadas en principio (y observa la incongruencia de este predicado: si no se me conoce, no se me busca a mí; se busca a un hombre) en la demanda de tal plaza vacante, ni elegidas para ella, sino halladas simplemente en la plena y abierta indeterminación contextual de la persona, desaparecen, a su vez, rápidamente, por la acción corrosiva del contexto, van borrando sus rasgos personales bajo el vitriolo papel de esposa. La diferencia, pues, entre las dos acciones contempladas -la de ir a los toros y la de ver esta corrida-, positivísticamente indiscernibles pero completamente opuestas en su sentido real, da lugar a dos formas totalmente distintas de vigencia de una misma corrida en el ánimo del espectador, en cuanto que se trata de maneras inversas de ponerse en relación con ella. Pero la forma de vigencia que resulta de ir a los toros -actitud infinitamente más frecuente que la opuesta- repercute a su vez, de manera decisiva, en la propia producción, dejando al margen la cuestión de si a la postre es el consumo el que se ha configurado en un principio como su reflejo, pues en fenómenos circulares como éste no tiene mucho sentido, en lo que aquí interesa, decidir qué fue antes, si el huevo o la gallina, siempre que se distinga, claro está, entre condiciones económicas de la producción y el consumo taurinos en cuanto tales, que es lo único de que aquí se habla, y las condiciones económicas generales de los espectadores. Al orientarse fundamentalmente la producción de la corrida conforme a la demanda de los espectadores del tipo ir a los toros, ya la propia invención es suscitada ya no por el objeto -de la tierra, del cielo o del infierno- al que haga referencia, sino por el lugar vacío que la reclama, y se plasma conforme a sus principios de genericidad y de fungibilidad: el repertorio ha de ser ampliamente intercambiable, y todos los ingredientes se vuelven implementos para lugares vacíos invariantes y preestablecidos, como se manifiesta en las formas usuales: "El primer espada es un torero valiente...", "El toro vale", "no vale...", etc. Se llegará así a productos extremamente incapaces de sustentar la otra función -la que les correspondería en el contexto de ver esta corrida-, alcanzando con ello la aplastante uniformidad del mundo del toro. Producción y consumo convergen y se condicionan mutuamente a través del lugar vacío en que se encuentran y que podría tal vez simbolizarse por el precio de la localidad. El que pretenda saber lo que es la tauromaquia y conocerlo en sus posibilidades tendrá, pues, que enfrentarse en primerísimo lugar con estas evidencias, sin apartarse al idílico y vano panorama de quienes piensan en ella como si fuese una forma cultural antes que un fenómeno social, como si fuese un arte antes que un comercio". Rafael Sánchez Ferlosio.

(Llevo unas semanas de jardines con el sr Ferlosio; y uno de los jardines en los que me ha metido ha sido en el de los toros. No creo que haya muchos libros que traten el tema de los toros con tanta profundidad como éste, sin ser estos más que una excusa para adentrarse en otros jardines más frondosos para el escritor. Por eso poco a poco irán apareciendo por aquí esas reflexiones que va dejando el Maestro sobre este nuestro tema. Para empezar mutamos aquí un texto suyo sobre "ir al cine" y "ver una película" al espacio de la plaza. No creo hallar grandes diferencias entre los dos fenómenos (cine-toros) que impugnen la comparación. Además, para que pasen un agradable fin de semana, les dejo una joya (sobre todo para los poetas) que aparece en el Apéndice II (Caso Manrique) del libro: El encuentro en el Gran café de Napoles, situado en plena Alameda de Hercules sevillana, entre Juan de Mairena y Don Marcelino Menéndez y Pelayo narrado por Manuel Chaves Nogales (según mi teoría))
(Para acceder a esta maravilla pulsar aquí)