17 de julio de 2007

UN MAL AIRE


Esta vez no sé qué me despertó, pero allí estaba otra vez, en el jergón, en la cueva. Pudo ser por el frío. Me acosté desnudo, no cerré la puerta y había estado soplando un mal viento toda la noche. Maldito viento...
La puerta golpeaba repetidamente contra la pared, a lo mejor me había despertado eso, o la cortinilla de bolas de cristal con su interminable rebotar. Ya no me iba a volver a dormir. Con los ojos bien abiertos estudiaba los desconchados del techo. La humedad dibujaba a su antojo en la fina capa de encalado dada a pelo sobre la piedra. Con la mano izquierda me rascaba el pecho, con la derecha buscaba sin mirar los calzoncillos por el suelo. Palpé el algodón, levanté la mano y los observé, me los había comprado mi madre en el rastro de Coria hace mil años. "No duermas con la ventana abierta que esta noche refresca" recordé que me avisaba de vez en cuando.
Me los puse tumbado y me senté en la cama. Me quité las legañas y me rasqué la cabeza. Fotos arrancadas de las paredes se escondían debajo de la mesa donde como, varias páginas de periódicos amarillentos y alguna cuartilla se habían refugiado en la chimenea, y una vieja silla de enea derrumbada, como muerta, me daban una idea de la ventolera noctura.
En el centro de la cueva, de pie, entre la puerta y la pared, me estiré hasta que crujieron huesos. Bostezando, entreabrí las tiras de la puerta para encontrarme un cielo encapotado y de mal aguero. Escupí fuera. Me giré y estirandome otra vez contemple la estancia. A mi derecha: mesita con lampara, jergón. Enfrente: mesa sin recoger, detrás de esta: cocina y pila, con chimenea y armario guardando cada esquina del fondo. A mi izquierda un tablón de conglomerado con el ibook encima y el router brillando. Un poco más allá mi altar.
Mi altar consta de una mesa Luis XV, no XVI, dorada. En ella reposa un busto del Cristo de Limpias que heredé, es una pieza antigua y muy hermosa. Contorno a su base pongo flores secas (rosas rojas y cardos), algunas velas que dejo encendidas todo el día, y tres estampitas.
Antonio Ordoñez en el centro porque era el torero que veneraba mi bisabuelo. La familia ha asimilado la tauromaquia desde la estética de este hombre. Punto a partir del cual partir.
A los lados, tras mi vuelta de Sicilia, decidí poner a Luis Francisco Esplá y Morante de la Puebla. Una mera decisión estética. Puse a los dos toreros que más me gustan y que más ganas tenía de ver este año.
Frente al Cristo y ellos tres, en la otra pared, la cabeza disecada de un antiguo Graciliano con su cara de rata.
El aire violento había arrasado el altar. Las velas estaban todas moribundas, caidas. Los petalos, secos, triturados, desparramados. La foto de Morante boca abajo, pegada a la cera seca. La de Ordoñez permanecia en pie, al ser antigua su papel era de mayor calidad y más peso. Lucía como un monarca.
La de Esplá no aparecía...
Miré debajo y alrededor. Nada. Adormilado todavía, me quede allí de pie.
Como huyendo de algo se colo el viento en mi casa, pateando la puerta, esta chocó con la pared, fue tan violento que alguna flor salió volando hasta el hueco que dejaba el armario en la esquina izquierda. A mala hostia moví el armario. Había un buen agujero en la pared. Volvió a soplar, papelillos y restos de todo el suelo se colaban por aquel sumidero para ratas tamaño perro.
Me puse como tal, a cuatro patas, era tan grande que podía entrar yo arrastrandome. Pero la simple idea de meter ahi el brazo me daba escalofrios. Un túnel así en una casa pegada al vertedero no es un buen negocio. Tenía miedo.
Me senté al lado, desde el altar Ordoñez me miraba de perfil. El runrun no paraba. Debia entrar, yo era más fuerte o listo que nada que me pudiese cruzar allí. Busqué el mechero y me metí de cabeza.
Era de casi medio metro de altura y ancho. Poco a poco me fuí alejando de la luz del día a mis espaldas. Avancé unos metros y llegue a un recodo a la izquierda. Todo el cuerpo me picaba, me parecía estar rodeado de bichos. Respiraba y ahogaba el impulso de darme la vuelta. Miraba la llama del mechero y apartaba telarañas. Seguí confiado hasta que una brisa que venía desde detrás me dejó sin luz. El cabrón no quería volver a encenderse. ¿Me retiraba o avanzaba?. Apreté los dientes, para delante. Una bola de luz como una canica apareció a lo lejos, en unos segundos se hizo del tamaño de una pelota de golf. No paré. Cosas estallaban bajo mis manos y corrian sobre mi.
Mi cuerpo salio del túnel y dio a parar a un pequeño circulo por donde entraba luz desde arriba. Parecia un pozo seco. El suelo era de arena. Tome aliento.
En el centro había un montón. Era un montón de jirones de ropa roja con machos colgando, como de raso. Había restos de una especie de corbatín verde de seda y de una camisa blanca. Unas medias rosa vómito completaban el bodegón destruido espolvoreado de sangre. En medio reposaba la estampita de Esplá, llevada allí por los malos aires del túnel.
Más valiosa ahora si cabe, la observé un rato largo entre mis dedos. Luego la apreté entre mis dientes y afronté el camino de vuelta.

1 comentario:

Sergio dijo...

Tal y como está la fiesta no sé como te quedan ganas todavia de recoger estampitas del suelo...